jueves, 30 de agosto de 2012

Acordes del tiempo




Juntos, barcas obscuras
a la sombra amarradas,
nuestros cuerpos tendidos.
Las almas, desatadas,
lámparas navegantes
sobre el agua nocturna.
Regreso (fragmento). Octavio Paz

                                                                                                   

En una conversación con mi querido Jason Maldonado, le hablé acerca de mi nuevo proyecto literario, y él sin pensarlo dos veces me recomendó El mar profundo: historia de una reencarnación, la segunda novela de Jesús Chejín. Por supuesto la busqué de inmediato y comencé a leerla, en el acto quedé atrapada en esa narración donde uno de los protagonistas es el amor de dos seres que atraviesan tiempos insondables hasta rencontrase. El mar profundo bucea en los inciertos meandros de la mente humana para internalizarse en la existencia de vidas pasadas, y plantea un tema tan complejo como polémico: la inmortalidad del alma. Sin embargo, Jesús Chejín articula la trama en un sólido argumento que José Luis Casasnovas, psicólogo clínico, se encargará de fundamentar con hechos históricos, científicos y religiosos, además del panorama social que subyace en la historia, donde debe encontrar “las pruebas incontrovertibles” de su descubrimiento. 

El relato se inicia sobre mares turbulentos y continúa su travesía en medio de intrigas, espionaje, incredulidad, transgresiones y la puesta en escena de secretos insospechados que desembocan en un impase lógico con una realidad hecha de apariencias misteriosas y evanescentes. De El mar profundo emergen contradicciones que remecen la condición humana con sus aristas y visajes en un devenir perenne, también aflora un mosaico de percepciones que apuntan hacia la individualidad de cada ser humano como entidad precaria que confronta la contingencia. El principio de incertidumbre y el azar aparecen amalgamados con la urdimbre de lo irracional, donde se perciben voces inmutables que traspasan el silencio y trazan itinerarios sorprendentes. 

La historia de El mar profundo está estructurada en dos planos temporales: el pasado y el presente, una especie de intersección por donde los personajes se desplazan hacia escenarios contextualizados en España, Estados Unidos, un intervalo en la India y el final del azaroso viaje en Caracas. El discurso narratario se engrana con un lenguaje vital que refrenda lo lúdico, la ironía y el erotismo como aspectos constitutivos del alma, la casa de ser, como la denominó Heidegger. En estos elementos se aprecia una estética del juego que responde a fundamentos de carácter psicológico en los cuales el impulso lúdico y erótico están estrechamente vinculados con la creación artística y otros ámbitos subjetivos, como el instinto, que se convierte en un recurso fundamental para los personajes involucrados directamente en la historia de Anamaría y Juan Carlos. 

El hilo conductor conserva una tensión perfecta donde la coherencia y la cohesión discursiva, mantiene la trepidante aventura de los personajes en zonas limítrofes con las tinieblas cósmicas que ocultan la reencarnación. El mar profundo es un thriller denso, en el que resuenan incógnitas abisales que obligan a la indagación, el cuestionamiento, y la duda que los personajes deben esclarecer. ¿Existió Rodrigo de Triana? ¿Partieron de Palos Moguer las carabelas de Cristobal Colón, la madrugada del 3 de agosto de 1492? ¿El alma es inmortal? ¿Existe la reencarnación? Si es así, el postulado sobre la Predestinación, refutado por la Iglesia, quedaría revalidado como una verdad absoluta. La respuesta está en cada lector, te invito a leer El mar profundo, novela publicada por Editorial Panapo de Venezuela (2006). Disponible en todas las librerías del país y en Amazon:

lunes, 20 de agosto de 2012

Sin sangre azul ni corona

Jorge Rivadeneyra
Ilustración de portada: Gustavo Álvarez


“Uno de los precursores de las dictaduras republicanas en Suramérica es José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador de Paraguay, como lo inmortaliza Augusto Roa Bastos en su extraordinaria novela Yo el Supremo.” Con esta aseveración, Jorge Rivadeneyra inicia en Sin Sangre Azul ni Corona (su más reciente ensayo) un escudriñamiento sobre las dictaduras que han azotado (y asolado) no sólo el Cono Sur del continente americano. 

Sin sangre azul ni corona muestra que, cuando terminó la guerra de independencia, los libertadores creían que la mejor forma de gobierno es la monarquía, especialmente la inglesa. Simón Bolívar estaba de acuerdo con ese concepto, y en el Congreso de Bolivia de 1826, impuso su punto de vista, pero con el nombre de presidencia vitalicia. 

El autor demuestra con argumentos documentados esta trapisonda escondida detrás del mito bolivariano, y cómo la manipulación de ese mito produjo un menjurje llamado socialismo del siglo XXI, en el cual se ha retomado el concepto de presidencia vitalicia, sólo que en vez de vitalicia se llama reelección indefinida. Este invento constituye la ideología de gobiernos totalitarios que se consideran salvadores del pueblo, sirviéndose de un discurso pseudo-izquierdista contra el imperialismo yanqui, actualmente en decadencia, pero evitando llamar con ese nombre a tiranías como la iraní, o al voraz capitalismo chino.