martes, 5 de febrero de 2013

Mientras la soledad



Un mal presagio, una duda perenne y algo parecido al amor... 


La galería de personajes del libro Mientras la soledad, de Milagros Quintero, nos muestra existencias que sufren de diversos desgarramientos, rupturas y vidas frustradas. La autora trata de expresar otro modo de ser que no da concesiones; ellos sueñan, pero no lo logran, luchan, pero no es fácil: aquí no hay nada gratis. Son seres descarnados donde se profundiza en la psique de cada uno, mostrando su dramatismo. Ellos están inmersos en una constante bruma que no es estática, tiene forma de torbellino, de vorágine interna muy angustiosa. 

En las narraciones hay una relación con el tiempo que es concluyente: El tiempo no pasa para quien no tiene cómo medirlo… El tiempo es alguien que está ahí, muy cerca, para burlarse de ti y contemplar tu ruina inevitable. Es interesante apreciar en estas narraciones los espejos o dobles que se presentan en los personajes. Necesitan de una compañía para mantenerse vivos. Unos son espejos de espejos. Ramón Eufrasio, en ¡Cállate gran Benis!, es el reflejo del muñeco. Ese ser domina al ventrílocuo, su dueño y lo lleva a los más insólitos comportamientos. 

Milagros Quintero titula este libro tomando en cuenta la característica más importante de los seres que pueblan estos cuentos: la soledad, pero también el silencio. La mayoría son seres solitarios y aún estando acompañados tienen una comunicación casi nula.  

Encontramos en algunos un un halo de misterio y un humor negro que nos produce una risa incontenible, con lágrimas heladas. Recordamos a Sheila con la boa enrollada desde su cintura con la cabeza en su hombro izquierdo, y gran Benis colocado en sus brazos como un bebé que muestra una sonrisa maliciosa. A Josué, El profesor, cuando fue arrestado por ser sospechoso del asesinato a su esposa, semidesnudo, con una toalla amarrada a la cintura, después haber hecho el amor con ella de forma poco ortodoxa. Inolvidable el pobre Rigoberto, al que se le fue el alma antes de morir, por lo que quedó flotando en el mar como una ballena encallada. 

La mayoría de las narraciones mantienen el suspenso pues tienen finales inesperados y en algunos casos la autora nos deja reflexionando sobre el desenlace, dando libertad al lector. Hay pasajes de gran dramatismo, como en Él llama los domingos, donde la injusticia contra los mayores se hace patente con esta anciana madre quien prepara los mejores bocadillos y arregla la casa para recibir a su hijo, quien se comporta de manera despectiva y desalmada. Milagros lo muestra simbólicamente: 

"Una de las rosas que compró el día anterior se había marchitado y sus pétalos caídos daban la impresión de que alguien los había regado a propósito sobre el mantel." 

Otra de las escenas más dramáticas del libro es en El delirio de una sonámbula, cuando ella es atada con gruesas correas que aprietan sin misericordia. La sonámbula manifiesta en su delirio que: 

“La libertad ahora, es quedarme quieta.” 

En estos cuentos cada quien vive a su manera, la mayoría no cómo quiere, si no como puede. Hay solamente dos personajes que tienen la capacidad de conducir su vida, al menos con cierta claridad, la madre repudiada por el hijo, quien no se desploma y Nazaret quien a pesar de sus dificultades tiene dominio de su persona. 

Milagros conduce con gran acierto a estos protagonistas hasta el acto final cuando se cierra el telón. Porque yo los percibo así, como actores, que son manejados por los hilos de la vida. Auguro a Milagros muchos éxitos con este libro, que es su primera creación literaria, y estoy segura de que mantendrá su impulso de creación, porque más allá de la necesidad de ser leídos, tenemos los escritores la urgencia de la escritura. 


Anabelle Aguilar Brealey. 
 Santiago de León de Caracas, 27 de noviembre del 2012

Nota: esta reseña es parte del texto, editado por Lector Cómplice, que fue leído por la presentadora Anabelle Aguilar Brealey, en el bautizo del libro en la librería Alejandría II.